Hoy descubrí un pequeño dolor que punzaba mi pecho, un dolor que deseaba manifestarse pero que se atrapó entre las costillas y el esternón. Un dolor que empuja mi corazón y mis pulmones, que trepa lentamente por mi garganta y se aloja en mi manzana de Adán.
Un dolor que no hiere, un dolor que termina siendo un rumor, como el instinto que lo soñado anoche, como el instinto de lo vivido en la infancia. Ese rumor queda atorado en mi cuello y me empieza a ahogar. Mientras adquiero una tonalidad azul, miro el suelo y decido ensuciarlo con mis recuerdos.
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