sábado, 12 de enero de 2013

Nunca antes había enfrentado estas calles sobrio,
nunca había paseado con los sentidos en su lugar
nunca sin tambalearme de a lado,
las luces de esta noche resultan raras
cuando los postes no danzan para uno.

La verdad, sí las enfrente sobrio, pero no sólo
siempre había un pequeño ser que me guiaba
a través de esta ciudad espantosa, que crece como monstruo
que te arrastra a su vientre, a su núcleo húmedo.

Ese pequeño ser me tomaba de la mano,
me susurraba y me advertía de los baches en el camino.
Encontraba todas las rutas de escape de ellos
de sus ladridos, de sus mordidas, de sus ojos furiosos.

Un día desapareció dejando tras de sí hojas sin pisar.
Yo me arropé a la entrada de la casa,
hasta que mis monstruos me sacaron a empujones del lugar,
me arrastraron con ellos a desafiar esos ladridos fantasmales
y a los gritos de otras personas.

Ahora ando sobrio, por estas calles que he recorrido mil veces.
Hoy ante esta luz, puedo ver por fin sus verdaderos colores
mis pupilas no están dilatadas y camino sin pedir perdón
en mi mano hay otra, un pequeño ser me acompaña,

           -al final nunca estuve sólo-

Pobre hijo mío, si supiera que es él quien guía a su padre
y no al revés, que es él quien lo protege
Me paro firme, mirada penetrante,
pero es él quien finalmente los aleja.

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