lunes, 3 de enero de 2011

En su cólera mató a su hijo dándole
pequeños bocados de pescado putrefacto
.

Él camufló su dolor escuchando la triste guitarra de algún amigo, tomando vino agrio y caminando hasta caer inconciente en medio del camino. Las sombras lo evitaron, el sol lo acompañó hasta que la luna tomó su lugar. Las nubes se apartaban de él, dejando su cuerpo seco a la intemperie.

Era domingo, arrastró su piel pegada a sus huesos hasta el mar. Una nube lo escoltó, el sol lo extrañó aquel día, la tormenta lo saludó y los truenos hicieron coro con la sinfonía de sus huesos quebrándose.

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