Estaba tirado y ensangrentado, intentaba hacer presión sobre la herida que atravesaba su hígado. Sus manos no podían contener la sangre y un charco rojo empezaba a coagularse. Su mirada se perdía y por momentos todo se nublaba.
Unos guerreros alrededor ultimaban a las personas que, como él, yacían moribundas alrededor. Un trabajo silencioso y autómata, levantar un sable para paralizar esos últimos movimientos. Sin prisioneros ordenó Dios, sin prisioneros el ejercito iba a quedar. Un pueblo fantasma, un pueblo muerto ofrendado al Dios misericordioso.
Un guerrero ya se aproxima a él, levantando y dejando caer su espada una y otra vez. El guerrero está a solo unos pasos. Los que no habían caído debían estar por las colinas escapando del ejercito elegido, ocultándose y aferrándose a la esperanza de no ser atrapados.
¿Por qué le habían fallado las piernas? ¿Por qué no había corrido más rápido? ¿Por qué? Recordaba poco, solo que corría, pero algo lo había hecho más lento, más pesado.
Vuelve su rostro hacia un lado, el cuerpo de una muchacha atravesada por tres flechas yace inerte en el piso. Mira al cielo de nuevo y sonríe. De pronto, el rostro del guerrero tapa la luz. Ambos se miran por un segundo. La espada se levanta y ambos esperan, calmadamente, el fin de otra vida.
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